ADVERTENCIA


Si se quieren ver todos los capítulos, basta con pulsar en el archivo año 2009, allí aparece "octubre" y en ese mes están casi todos los capítulos anteriores. Los otros primeros ocho se encuentran en el 2010.

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Normalmente cuando se introduce en el blog un capítulo nuevo, se pone y deja en primera línea durante unos días, luego se sitúa en el lugar que le corresponde de acuerdo a su numeración.


Para quienes buscan: El desarrollo del pueblo de Dios (Israel). Está en el blog Pateremon 4, entrada 17.


INTRODUCCIÓN



EL libro: "CONOCER Y SER" (002.00) fue comenzado a escribir el día 18 de Marzo de 2008. Es una especie de resumen de todas las experiencias filosóficas con las cuales he tenido contacto, tanto en los estudios formales como en las “meditaciones” que las enseñanzas de la vida y la naturaleza me permitieron “seguir”. Ha sido un largo camino, donde no han estado ausentes: las alegrías, el sufrimiento, la contemplación de realidades y hechos hostiles, así como la caridad y el amor de muchos seres que cruzaron por mis senderos y pisaron los caminos por donde iba. Se juntaron muchas cosas: pensamientos, palabras, rebeliones, cantos, lágrimas y algunos “amores” para poder distinguir los trazos de aquello que puede llamarse “filosofar” o formas de interpretar el conocer de mí mismo y de lo que me rodea. Pero, al fin, la síntesis se dio y he aquí, aquello que puedo recordar.


El libro: "SOBRE LA VERDAD" (003.00) empezó a ser escrito el día 22 de Agosto de 2014, en Salvaterra de miño, donde resido desde el 26 de noviembre de 2013.

Es una profundización sobre la verdad que se sustenta en en la Question 16 de la primera parte de la "Suma Teológica" de Sto Tomás de Aquino que tiene por título esa misma expresión: "Sobre la Verdad". La cual se divide en los siguientes artículos:

Questión 16 "Sobre la verdad"




001.00 CREO PARA ENTENDER.

Creo en un solo Dios. Así comienza el credo cristiano. Y ese Dios, único, todopoderoso, eterno, omnisciente y omnipresente, entre otras cualidades conocidas o desconocidas: “ES”, ósea, existe, es real, no imaginario. Pero la modernidad ha quitado de su vivir a ese Dios y ha hecho diocesitos como papá Stalin, papá Mao y un largo etc. ¿Para qué?. ¿Qué gana el hombre al negar al Dios infinito?. Primeramente, satisface sus instintos animales. En segundo lugar, no se somete a ninguna ley, pues si no acepta la ley de Dios cómo va a aceptar las leyes de los hombres. En tercer lugar se hace “todopoderoso”, como si pudiera ordenar al sol que se moviera, a las plantas que crezcan, a la lluvia que caiga y el largo etc. del cual nada sabemos ni podemos controlar y que ya estaba aquí antes de la luz y del hombre. Nos engañamos a nosotros mismos cuando pretendemos ser lo que no somos o dominar lo que no se puede dominar. Las cosas, lo que llamamos realidad, no está sujeto a nuestras normas. Podemos cambiar la forma, aprovechar las leyes que lo rigen, pero siempre seremos invitados en la tierra y en el universo, no lo hemos hecho, no nos pertenece, más bien, en parte, somos su producto…
La necesidad que tenemos de creer en lo trascendente es directamente proporcional a nuestra captación de la contingencia humana. Cuanta más alta sea nuestra “penetración” en la limitación de nuestra “existencialidad” con respecto a lo que existe, más clara será la intuición de la realidad del Ser de Seres y más sentido de verdad y realidad tendrá la trascendencia humana.
No se puede vivir en “mundos intelectuales” hechos a nuestra medida, pues nuestra realidad es ésta: estamos sobre un planeta que sustenta la vida y no controlamos, ni hemos hecho su ser, ni su historia. Materialmente vivimos del agua, de la tierra, del viento, de los árboles, de las plantas y un largo etc. Y solamente engañándonos a nosotros mismos, podemos conjeturar que las elucubraciones mentales se pueden sobreponer a la realidad de lo que es. Las sociedades encerradas en si mismas creen que todo se limita a sus ordenamientos legales y estructurales. Grave error, sólo inventamos mundos y creamos estructuras donde la verdad se esconde lejos de nosotros. Y pretender que en un futuro podremos controlar la gravedad, la rotación de los planetas y los cuerpos celestes, el desarrollo de la vida en cada planta, en cada animal, en cada uno y todos, de los vivientes en sus causas y sus acciones es tan risible y lamentable como no darnos cuentas del lugar que ocupamos en la tierra y ésta en el sistema solar y éste en la galaxia y ésta en el universo conocido.
El problema del control de la realidad no es sólo de conocimiento, es de funcionamiento; ósea, las cosas, tanto inertes como las vivientes, “funcionan” están segundo a segundo cambiando y creciendo, reproduciéndose, comiendo y un largo etc. de actividades que se suceden, al mismo tiempo, por miríadas de millones. Y, lo mejor, es que el hombre, aunque puede intervenir en unas pocas de sus funciones, la inmensa mayoría de ellas suceden de manera “automática”. Es más, allí donde el ser humano interviene, lo hace contando con las leyes que rigen a la materia y a la vida. No basta con conocer para dominar, lo esencial aunque se conozca no se controla y cuando, en una mínima parte, se pueda intervenir sólo se hace en lo “accidental” no en la “sustancia” dicho sea esto en términos de Aristóteles y Santo Tomas de Aquino.
Resumiendo, la complejidad del mundo real, no es alcanzable por la pretensión humana de dominio. Y cuando algunas mentes desquiciadas pretenden ser los controladores del “mundo”, sólo lo hacen en términos de la sociedad donde viven y aun así de manera superficial y aparente, porque el ser humano que vive en esas sociedades no se somete libremente sino a los bienes como la libertad, la consideración y sobre todo el amor.
Nosotros, los hombres del tiempo, los que vivimos en este instante sobre el planeta tierra, somos pasajeros en un navío espacial, tercer planeta de un sistema solar que gira conjuntamente con millones de estrellas en torno a un centro “galaxial” en un universo desconocido, para nosotros, inmenso y en perfecto orden que permite, en nuestro insignificante planeta, el “milagro” de la vida y de la inteligencia. ¿Tan ciegos somos que creemos que todo este orden, está armonía y este “funcionamiento” increíble, proviene de algo tan nebuloso como lo que llamamos “naturaleza”?. Siempre he visto que cuando el hombre hace algo real: un buque, un edificio, una máquina etc. el proceso de planificación, modulación y construcción no sólo es complejo sino fatigoso y difícil. Quisiera alguien explicarme como la mal llamada “naturaleza” puede sin inteligencia ni existencia real, sólo es una palabra que designa unas formas y sustancias las cuales si son y están entre nosotros, evolucionaron, cambiaron y se trasformaron en lo que ahora son. Entonces, ¿cómo el universo se hizo por la “naturaleza”? y nuestra inteligencia, como puede venir de la “naturaleza” ¿está tendría inteligencia? Y el yo, la persona, lo intransferible e intrínsico que poseo y poseen todos los seres superiores y en medida incomparable la persona humana. ¿También, la “naturaleza” lo posee?, Y sino ¿de donde vino?. ¿Quién lo pensó, lo planificó, lo evolucionó?.
¡Cuanto se simplifica para que la llamada razón humana, quede contenta con su hacer lógico y pueda ser coherente consigo misma¡. La dimensión de la razón no abarca, ni puede abarcar la dimensión de lo real. Los antiguos filósofos y los pensadores más realistas, siempre sostuvieron que la realidad es intrínsicamente más vasta que la posibilidad de nuestra mente de penetrarla.
El conocimiento humano es básicamente de lo “general”, funciona, evidentemente, pues hace estructuras complejas y diferentes de las “reales”. Pero aun cuando se pudiera llegar a un proceso de automatización e incluso de generación de “formas” hechas por el ser humano; la realidad por la que verdaderamente funcionan debería seguir “siendo” si esas “formas” quisieran existir. La llamada “naturaleza” se sustenta en “formas” físicas, químicas y biológicas que son el sustrato “sine qua non” de la realidad de todo lo materialmente existente. Los “accidentes” o cosas hechas por los humanos, requieren en primer lugar imaginación, es decir visualizar el proceso, la cosa, o la realidad que se quiere “formar”. En segundo lugar los elementos y las leyes físicas o químicas e incluso biológicas que sustenten la “forma fabricada”. En tercer lugar el proceso técnico de realización, la “mecanización”·de un proceso de “formación” de una cosa. En estás tres cosas, existen innumerables variantes y procesos diferentes, aun para hacer un mismo objeto, imaginémonos lo que se requerirá para hacer una realidad, aparentemente tan simple, como una hoja. Y la inmensa multitud de hojas, necesita, en cada una de ellas, un proceso que por visto y revisto no deja de ser arduo y com plejo.¿Y la totalidad de lo real que proceso “automático”, incomprensible e incomparable sigue?.
Estamos en universo “dado”, donado gratuitamente, donde la vida se pudo desarrollar, esto no puede ser casual. El azar no hace automóviles, ni estrellas, ni planetas, ni elementos químicos, ni agua, ni gases, ni vida. La complejidad de lo “real” es tan inmensa que nuestra mente naufraga cuando pretende abarcar tan siquiera una mil millonésima parte de su potencial total. Y todo esto funciona con nosotros o sin nosotros, conociéndolo o desconociéndolo, no tienen que ver con si existimos o no, ello es y sigue siendo estemos o no estemos, pensemos o no pensemos. Es decir nosotros no somos necesarios al Ser para que éste sea. De ahí nuestra contingencia. Pretender que nuestras sociedades y nuestro mundo hipertecnificado y que superó la gravedad de la tierra, nos hace dueños de lo que nos depasa. O simplemente, ignorar la base, el sustrato, por el cual se mantiene en vida nuestro ser, nuestro pensar y nuestro hacer; es simplemente una necedad, por no decir, una gran mentira que roza o lleva una cantidad inmensa de esa pretensión inútil que llamamos soberbia. Pero en las mentes de una inmensa mayoría de seres humanos, el día y la noche, la lluvia y el sol, el calor y el frío y muchas cosas más, no tienen que ver con una realidad diferente a la que viven, son eventos que suceden y “siempre” sucedieron y normalmente siempre sucederán; por lo tanto no debemos preocuparnos por ellos, salvo que se salgan de lo “corriente” y, así vivimos ignorando la gratuidad de lo que nos permite ser y existir. Negando la maravilla que somos y amargando nuestro pasar aquí, con veinte mil vanidades y naderías que para las, más o menos, ochenta vueltas de la tierra alrededor del sol que tiene nuestra vida, no merecerían la pena ni ser tenidas en cuenta.
El potencial de lo que “Es”, nos depasa de una manera infinita. ¿Cómo pretendemos crear mundillos “ad hoc”, para nuestra seguridad sicológica, en una realidad que no controlamos y de la cual hemos recibido el ser?.
La mente, la inteligencia de cada persona que pueda usarla, debería estar inmersa en, al menos, alguna de las cosas que son verdaderamente importantes. Reflexionar, de vez en cuando, en lo que trasciende nuestros hábitos cotidianos y nos enfrenta a dimensiones de realidad inmensas. De esa manera nuestra vida adquiriría una riqueza y profundidad vital insospechada y todas las cosas, hasta las más cercanas, tendrían una “luz” especial de profundidad y gozo.
Somos parte de un todo infinito y equilibrado, nada de lo que hacemos resulta indiferente al resto. Nuestra inteligencia penetra la realidad de un modo adecuado a lo que somos, pero no podemos hacer de esa realidad un suplemento de nuestra pretensión de dominio. No, dominamos, compartimos, utilizamos esto para lograr metas de vida mejores y más dignas; no para sentir que somos centro y culmen de algo que nos depasa de forma infinita.
La inteligencia humana es un instrumento de análisis asom broso pero no es el único elemento de conocimiento que poseemos. La llamada razón humana es una facultad, entre otras, de nuestra capacidad de conocer, pero sólo conoce el mundo que penetra por los sentidos, el cuál posee el orden lógico que nuestra mente tiene o a la inversa, comparte el orden de las cosas, por eso puede conocerlas. Pero el conocimiento racional es por “aproximación” nunca penetra la sustancia de las cosas. En el ser material, la existencia viene dada por el “aparecer” en un determinado lugar y tiempo. Pero su “estar” se define por una serie de elementos conjugados que van desde la energía, lo cual no sabemos lo que es, pasando por los elementos subatómicos, las neutrones, protones, electrones, moléculas, etc., hasta llegar a las formas más evolucionadas de vida. Este proceso, sumamente complejo se logra por acumulación y síntesis, variando en sus posibilidades y formas materiales. Nuestra razón penetra más o menos este proceso y puede darle una cierta explicación. Pero el problema es que toda esa complejidad “sucede” lo entendamos o no lo entendamos. Lo pensemos o no lo pensemos, el ser, los seres “funcionan” “per se” y ese funcionamiento es el verdadero dominio de las cosas. No es el primer acto de dominio, pues el primer acto sería el traerlas al ser, pero es una forma de controlar el desarrollo de los formas de la materia que equivale a poseer la capacidad de transformar, lo que es, en lo que se quiera.
El ser humano, en cierta medida, gracias a su inteligencia, participa de esté dominio, pero confundir el dominio que el hombre ejerce sobre las formas, con el Dominio de las transformaciones y el equilibrio de las “leyes” que controlan las cosas, hay un abismo casi infinito. Este es el problema del hombre actual: porque domina algo cree que puede controlar el Todo.
¿Pero como “actúa” la inteligencia al conocer?.
Es el problema del conocimiento, el cual ha sido debatido durantes siglos. Lo que queda es una aproximación al problema que me permitiré esbozar aquí.
La teoría del conocimiento ha oscilado entre el idealismo y el realismo durante mucho tiempo. El problema de los universales, en la edad media, el “cogito ergo sum”, la razón pura, el fenómeno, entre muchos otros, ha dado pautas y tratado de esclarecer un referente para algo que en verdad nos depasa.
Lo primero a mi entender es que la inteligencia “funciona” es decir no es algo, por ser intangible, inútil o secundario. No sabemos como funcionan materialmente aunque conocemos que el cerebro tiene parte fundamental en ello. Se desarrolla y crece y posee la capacidad de ver más allá de la “vista”. Puede, al menos en el ser humano, pre-ver una realidad que no ha visto, con un grado de aproximación notable. Es por esto que el hombre no necesito adaptarse físicamente, como hacen los animales y las plantas en general, para soportar el frío, el calor extremo, salir de la atmósfera y un largo etc. Puede con su capacidad intelectual pre-ver los acontecimiento y buscar las maneras de adaptarse a la situación planteada. Esto es una cualidad inmejorable para vivir y resistir en condiciones extremas o muy duras.
En segundo lugar interpreta la realidad con mayor o menor adecuación a ella. Es decir, “capta” parte de la “sustancia” que informa “algo” y puede hacerse una “idea” imagen de esa realidad que “toca” con su “hálito”. De esa imagen puede construir, mezclando unas con otras ( las imágines ) mundos diferentes al real y construir estructuras y máquinas adecuadas a sus intereses o hábitos. Un ejemplo primario y sencillo de esta
cualidad es una sirena, la imagen de una mujer cortada por la cintura y la imagen de un pez de la mitad a la cola, se unen mentalmente y forman una imagen que no existe en la realidad.
Esta posibilidad es la que faculta al hombre para desarrollar “formas” diferentes a las reales e imaginar mundos imposibles, o desquicia las mentes en busca de utopías de todo género.
Pero dado que el “fundamento”, empleo esta palabra en el sentido de sustancia, aquello que forma lo “esencial” de un ser particular, el “fundamento”, no es “aprensible” por la inteligencia humana. Las formas consecuentes que el hombre “hace” nunca serán del mismo tenor que las realizadas por la realidad “natural”. De aquí la insincronización de los dos mundos, la discrepancia aparente, de los mundos humanos y “natural”.
Las imágenes que percibimos, los seres humanos, son diferentes en cada individuo, pero lo suficientemente parecidas como para poder nombrarlas con una palabra. Este es otro de los vericuetos del entender humano que a la vez dificulta y hace rica la relación entre nosotros. Pero si se ve más a fondo, conlleva un elemento intrínsico que supone la “individuación” personal. Cada ser es único y aunque nos parezcan iguales, por la imposibilidad que tenemos de “ver”, cada una de las cosas es “si misma”, diferente al otro, la igualdad es sólo apariencia ante nuestro conocer inmediato. La igualdad sustancial es imposible en lo creado. Aun cuando se pudiera tener la misma sustancia, la igualdad existencial no se daría y la esencial mucho menos. En otras palabras serían “entes” distintos. La individuación es variable en los seres vivos, pues se decantan en lo que a muestro entender son especies. Y en lo material los “individuos” son relativos a la forma material que puede ser cambiada de manera más o menos fácil. El mundo de las cosas, cuyo principio intrínseco de ser es la forma material, están compuestas por múltiples elementos casi en su totalidad. Lo único que pareciera ser común es la energía que de una manera compleja nos determina, en lo material, a todos. Pero la energía es un misterio, usamos la palabra para designar el elemento que subyace en el principio de las cosas y no sabemos que es.
El entendimiento humano “aprende” “toma”, en su “mirada” a las cosas y los seres vivos, una imagen que es diferente en cada “mirante” pero lo suficientemente cercada para poder hacerla común. De todas maneras la imagen o las imágenes que acumulamos en nuestra memoria, aunque únicas, poseen elementos de similitud que nos permiten designarlas con una expresión común que llamamos palabra. La palabra es un signo en cuanto estructura pero un símbolo en cuanto mensaje. O sea la palabra se forma con sonidos primarios, que poseen todos los seres vivos superiores, pero sólo en el hombre la palabra toma su sentido pleno de símbolo. Su formación tienen las dos etapas la de signo y de la símbolos. Es signo cuando sólo es gesto o sonido primario y símbolo cuando es “vehículo” de una imagen. En el ser humano y en algunas especies superiores de animales,
Los signos son de muy diferente expresión. Hay gestos, gruñidos quejidos movimientos de los miembros, de los ojos etc.
Todo esto es una manera de “expresar” algo. En el ser humano, los sonidos, más simples y los gestos en general, son una manera de comunicar algo al otro e incluso a si mismo. La forma organizada de comunicación se desenvuelve por medio de un complejo sistema de interacción que llamamos lenguaje. Los diferentes grupos de seres humanos han “tejido” su lenguaje respectivo que se decanta a través de los siglos y de las personas.
Pero como es un lenguaje, en su parte lógica?.
Hay en los seres humanos sonidos básicos y diferentes, normalmente hechos con la lengua, la garganta y la los labios. En la lengua española, los sonidos básicos, son las 28 letras del Alfabeto. Hay letras de dos clases, como es sabido, las vocales y las consonantes. Las vocales tienen sonido “pleno” es decir: su pronunciación o “emisión” tiene como consecuencia un sonido claro y distinto. Las consonantes en cambio son difíciles de pronunciar y no son claras y distintas todas las veces. Aclaro que no es lo mismo el “b” que el sonido “be” en el segundo la consonante unida a una vocal logra su sonido claro y distinto no así si está sola. Lo mismo sucede con las demás consonantes, sólo acompañadas por una vocal obtienen su sonido pleno.
La unión de vocales y consonantes nos da la mayoría de los sonidos que usamos en español. Cada idioma, evidentemente, tiene su decantación de sonidos propios que inician el comienzo de la especificidad de cada lengua.
Pero más allá de los sonidos, la unión de los vocales y consonantes nos da la sílaba que es el elemento de “transmisión” sónica por excelencia. Hasta aquí todavía la palabra no ha aparecido, como tal, se trata sólo de emisiones sónicas o grafos en la escritura. La palabra aparece, normalmente, cuando se unen las sílabas y estás pierden su identidad de objeto “be”, “ce, “de”, etc., y se transforman en vehículo de una imagen o idea. Si unimos: “be y bé” resulta “bebé” lo cual ya no es simplemente dos silabas sino que sube de “categoría” intelectual y pasa a ser vehículo de una imagen de un niño pequeño. Si le quitamos en acento sería: “bebe” lo cual es la acción de ingerir algo líquido. Esta perdida de la identidad de su ser natural para convertirse en algo trasmisor de ideas o imágenes, lo hace la inteligencia mediante la convención que supone un lenguaje y sirve para enviar y recibir información de todo tipo.
Pero la palabra se relaciona con otra u otras palabras y aquí sucede un salto cualitativo enorme tocando el elemento de juicio de adecuación entre dos o más palabras y estas con la realidad. Me explico, si digo: El bebé llora, puede discernir dos elementos de adecuación. Uno si la palabra llora “conviene” a bebé y si en el tiempo y el espacio el bebé, en cuestión, realiza la acción que desata en mi mente el verbo llorar. Si digo: El bebé corre, la palabra “corre” no se adecua a un niño de meses y en cuanto a su aserción con la realidad, es evidente que no puede darse. Aquí en este segundo pasa de adecuación está el elemento superior de verdad o falsedad. La mente humana puede unir palabras como quiera pero cuando se unen de manera inadecuada la realidad no lo ratifica y esto es la mentira.
Tomamos aquí la definición de verdad Tomasiana: la verdad es la adecuación entre la mente y los seres. Expresada de manera más amplia. Si este elemento de verdad, está ausente, el ser humano puede crear fantasías y fantasías que la realidad de los seres le quitará su ilusión. Las únicas fantasías válidas, son aquellas donde nuestro “fabricar” puede “producir”, de acuerdo a los conocimientos y elementos que poseemos en un momento determinado, la “imagen” o su aproximación de un “ser material cualquiera”- De aquí nuestra grandeza o miseria. ¿Mucho podemos soñar, cuanto podemos hacer?
Por último, al menos en este análisis, está la unión o relación de dos frases. Las frases o proposiciones, como se dice en lógica, mediante un elemento de relación. Por ejemplo:

El hombre muere
Juan es hombre
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Juan muere
Es el celebre y bien llamado: silogismo. Está muy bien hecho y ha sido estudiado durante siglos y codificado de una manera exhaustiva. Pero hay tantas sutilezas y vericuetos en él que llevaría paginas y paginas aclarar sus implicaciones.
Lo que quisiera destacar aquí, es la nueva escalada de la inteligencia en cuanto al proceso de transformación de la realidad en elementos sólo propios de la “consciencia” humana. Desde el sonido original pasando por la adecuación hasta este último elemento donde se discierne el pensar, hay unos “pasos” donde no entran sino los seres humanos.
En la estructura silogística se ve como la inteligencia obtiene nuevos elementos de conocimiento de elementos ya conocidos. Aclaro que el proceso es tan rápido y múltiple que el mecanismo no nos aparece patente pero si detenemos el pensamiento y lo sometemos a análisis aparece está estructura y algunas otras similares que por no ser el interés central de este libro no nos detendremos a expresar.
Pero esté conocimiento es deductivo, o sea conoce las partes de un todo, a partir de un todo más general. De una afirmación universal se deduce que un todo tiene algo las partes también lo poseen. ¿Pero como la mente afirma que un todo posee una determinada cualidad?. Deberíamos comprobar que cada uno de los hombres es mortal para afirmar que todos lo son. ¿Se puede hacer eso?. De aquí la relatividad del conocimiento humano, podemos hacer afirmaciones generales pero nunca demostrar que son ciertas en su totalidad. Aun así el sistema inductivo, de la observación de cosas particulares a la formación y atribución de una propiedad “x” a una especie o género, resulta lo suficientemente seguro como para poder trabajar con él. Y nos permite deducir lo suficiente para “conocer” algo.
Repito que la dimensión humana de conocer no es segura, ni cien por cien efectiva pero las obras que el hombre ha desarrollado demuestra su eficacia.
Lo que si queda claro es la limitación de nuestra forma de conocer y por lo tanto se puede afirmar que la pretensión de dominio humana es una simple manifestación de soberbia. O sea, deseo de ser más de lo que en realidad somos.
El proceso de trasmisión de la imagen, se realiza de varias maneras, hablando, escribiendo los sonidos en un código determinado, por gestos, silbidos, ruidos, humos, luz etc. Pero cuando la “palabra” no tiene en el receptor asociación con una imagen, no se entiende. Es decir las “palabras” tienen que corresponden a una idea en nuestra mente para ser entendibles. Este código de asociación de “palabras” con imagen se aprende normalmente en la niñez, primero se oye el sonido, en la lengua hablada, luego se identifica con un objeto, después se repite hasta que quede fijado. Más adelante viene la escritura y el proceso se repite con los grafismos. Este paso está marcado por una “modulación” en las lenguas habladas y por un “estilo” en la lengua escrita.
Ahora bien la trasmisión de imágenes conlleva en el hablante una carga emocional adecuada o desadecuada de acuerdo al carácter del “hablante” y es recibida de manera más o menos adecuada por el “recibiente”. Lo esencial es que la emoción que se pone al “hablar” también forma parte de la trasmisión del mensaje y muchas veces condiciona a este. Es importante subrayar que la dicotomía lenguaje-emoción condiciona la recepción del mensaje y hace que este sea más o menos asequible al “receptor”.
Por lo dicho anteriormente es que debemos tener cuidado al educar o hablar pues aunque sea muy válido lo que decimos el “mensaje” puede ser rechazado si nuestra emocionalidad al enviarlo es negativa.
Muchas especifidades se pueden hacer al hablar del lenguaje, pero lo que se constata y lo interesante, es el proceso de formación de un elemento intelectual tan manipulado como la lengua. Es una creación de la mente del hombre donde intervienen casi todos los elementos que puede producir la inteligencia humana. Es, así mismo, el “intelectrómeto” donde cabe las más decantadas “creaciones” de la mente pensante. Caben en ella, la lógica, las matemáticas, la psicología etc. y da a todas las ciencias el instrumento para realizarse en mayor o menor plenitud.
Como se sabe o mejor se supone, la génesis del lenguaje es compleja y tardó miles de años en desarrollarse. Ningún elemento formado por la mente del hombre ha sido tan decantado y pulido como el lenguaje. De alguna manera todas las adquisiciones de la inteligencia al contacto con la realidad se deben ver reflejadas en el lenguaje y si algo trasparenta la forma de ser de la inteligencia humana es el análisis de las estructuras que subyacen en las lenguas.
Ahora bien, para que la realidad de las cosas y los seres circundantes sea conocida, es necesarios que haya una correspondencia esencial entre el ser de las cosas y nuestra inteligencia. Es decir, la estructura de nuestro sistema cognitivo o bien ya era similar a la estructura de las cosas o bien, nuestra mente, “aprehendió” de la realidad las estructuras que ella tiene.
Pero el problema de conocer humano, no es tanto la captación sensible de estructuras reales, sino la subsiguiente génesis de elevación de esas realidades a un plano, por decirlo de alguna manera, “inmaterial”. La imagen es la imagen de lo material, más o menos similar, pero la imagen en la mente se trasforma en objeto distinto a su fuente y puede ser manipulado por la inteligencia de diversas y variadas formas. La consecuencia de esta manipulación puede ser de hipótesis científicas que deben ser comprobadas, hasta elucubraciones fantásticas donde lo real no es más que una sombra.
Es en esta capacidad humana donde se estrechan la mano la fantasía y la ciencia teórica. La diferencia reside en la comprobación de la “realidad hipotética” que se contrasta con la realidad objetiva. El llamado: “principio de objetividad” expresado más o menos de la siguiente forma: “No debemos tomar como verdadero o válido sino aquello que una vez comprobado objetivamente, puede, a su vez, ser comprobado por cualquiera que siga el mismo método y bajo las mismas circunstancias”; es el que rige el proceso al menos en la ciencia experimental. Este principio es válido pero sólo en el conocimiento de las relaciones de índole física. Es decir la realidad del mundo que nos rodea y del que formamos parte, tienen unas pautas de comportamiento regulares y constantes que la “inteligencia” capta y codifica en leyes y teoremas mentales, los cuales son de una gran aproximación a la realidad circundante. Este comportamiento “intelectual” conlleva el dominio de una parte de la realidad que nos permite hacer lo que hacemos con las formas físicas de esta. Pero sólo es en la “forma” que actuamos, el fondo la sustancia inmanente a la realidad no podemos controlarla, sólo quizás alterar el orden, por breves instantes, como en el caso de la reacción atómica. La realidad física necesita sus “leyes” si estas se alteran se produce el desorden y el caos y lo que sucede es la destrucción de formas más esenciales que alteran todo el orden establecido y aparecen otras “leyes” que supliendo la carencia de las anteriores, producen “monstruos” físicos con las consiguientes consecuencias de aberraciones en el plano de la realidad sobre la cual existimos. Los casos de Hiroshima, Nagasaki y Chernobil son algunos de ellos. La ruptura del orden atómico provoca en plantas animales y humanos el desorden correspondiente y la desaparición o la muerte de muchos individuos. Pero la realidad física se mantiene con otro orden, irregular para lo que ya tenemos, pero orden al fin.
En el plano biológico sucede lo mismo cuando se rompe el orden existente entre las especies o el de la biosfera. Igualmente en el plano de la medicina con respecto a problemas como la clonación y otros “adelantos” de la ciencia. Las leyes que rigen los diversos planos de la realidad no admiten, si se quiere que la tierra sea la misma, la tergiversación de sus fundamentos. Otra cosa es si lo que se busca es destruir, cambiando, el mundo existente y hacer un mundo, no apto para la vida humana, animal y vegetal, tal como ahora la conocemos. El hombre va camino de obtener ese poder sobre las “formas actuales” de las cosas. Pero la advertencia es obvia, el poder sobre las “formas” puede llevar a la destrucción de nosotros y de este mundo.
¿Cómo debemos actuar entonces, si no queremos destruir nuestro mundo y a nosotros?. En realidad dada la “condición humana” (de la cual espero poder hablar más adelante), el problema de la utilización de las fuerzas que vamos descubriendo, depende de la voluntad, buena o mala, de los individuos que las manejan. Si su intención es hacer un bien puede utilizarlas para salvar y hacer mejor la vida. Si la ambición o el deseo de poder o los mil y uno deseos “inferiores” humanos que normalmente son la búsqueda de compensaciones afectivas; influye en la conciencia del que manipula esos poderes, los usara con una intención desequilibrada y causara daño a los demás y a si mismo. Tomemos el ejemplo de la energía atómica: puede ser usada para producir electricidad, curar el cáncer y otros usos benéficos o puede usarse para destruir la vida en el planeta. Todo depende, repito, de la voluntad de “bien” o de “mal” del ser o seres humanos, que usan las fuerzas de la naturaleza descubiertas y codificadas por el hombre.
Tenemos la inteligencia que habilita el uso de fuerzas naturales que ya están en funcionamiento y la capacidad para intervenir de una forma moderada en ellas; pero si las desequilibramos pagamos el precio del mal uso. Si las aprovechamos convenientemente nos servirán para tener una vida mejor y menos supeditada a las inclemencias de haber nacido hombres.
El problema del conocimiento, es en realidad, un “juego” de capacitación, donde la humanidad, cada vez más, encuentra una fuerza que la depasa pero que utiliza para sus fines propios con independencia del mal o del bien que esas fuerzas, al ser desatadas, suelen provocar.
Pero el conocimiento tiene una variante colectiva y otra individual. Es colectiva porque se acumula en libros, revistas, Internet etc. y otra individual que pertenece a una persona en concreto y hace que este proceso evolucione. Aun las investigaciones en grupo, llevan un sello individual que hace posible el adelanto de una investigación. La acumulación de conocimientos, por si sólo, no representa adelanto alguno sin la “creación intuitiva” y de trabajo de los individuos. La erudición es solamente la acumulación de conocimientos de la cual la mente humana puede o no, extraer hipótesis, conclusiones o relaciones entre las cosas y seres.
La intuición es la otra arma intelectual-espiritual del hombre, no procede de un discurrir puramente lógico, sino que como la levadura en la masa, permite a la parte subconsciente que trabaje sobre un problema dado con los conocimientos que ya se poseen y las aportaciones de “algo” misterioso y subyacente en el espíritu humano que ilumina la búsqueda de relaciones entre las cosas, allí donde parece que no las hay. Pero la mayoría de las veces no estamos conscientes de ese trabajo de “sombras” que se elabora en lo profundo de la mente. Surge como una idea en apariencia espontánea y luminosa que resuelve un problema buscado y hasta el momento irresoluble. Una vez que la idea es “percibida” el proceso de consolidación y estructuración de la misma es un trabajo más lógico que intuitivo, pero la “idea percibida” es una nueva dimensión de abertura en el ser de nuestro hacer. Son pocas las intuiciones que abren nuevos dimensiones al hombre, comparadas con todas las aportaciones prácticas de la técnica. Pero sin esas ideas la técnica se repetiría con una monotonía de la que no se puede derivar sino el perfeccionamiento de lo ya logrado, en un círculo continuo, donde las formas se repetirían hasta el cansancio. Esto es tan evidente como que el conocimiento erudito (llamo erudito al sentido acumulativo lineal de lo que se conoce) por ejemplo en Internet no produce, por si mismo, ningún progreso en el desarrollo de las ideas humanas. Los miles y millones de libros de las bibliotecas no son capaces de “crear” una dimensión nueva del conocimiento de la realidad circundante. Toda esta acumulación de saber, está esperando la mente que la absorba y al “procesarla en el espíritu” cree una nueva dimensión en la “visión” de la realidad. Lo que le falta a muchas personas, altamente calificadas, es la cualidad del interés, la curiosidad, por la verdadera relación de la mente y los seres circundantes incluidos ellos mismos.
El proceso de conocer es misterioso, se da en la realidad, en cuanto el conocimiento “está” en ella, pero también en cada uno. No hay sabiduría sin mente pensante, ni puede pensar bien quien no tenga sabiduría. La “sapiencia” no es una mera acumulación de datos, es un proceso interior, en el hombre, que descubre nuevas sentidos a los viejos hechos o cosas. También es una “contemplación” de la realidad circundante y de si mismo que nos lleva a planos de “ser” desconocidos para nosotros hasta entonces. Todo está en consonancia con la estructura de la realidad que somos y de la de los seres que nos rodean.
Lo importante en esta disquisición es la “yoicidad” humana. O sea la impronta de ser que tiene el hombre en si mismo y que lo hace uno y único entre los otros hombres y los demás seres. Dicha “yoicidad” es un elemento de exclusión de la “actividad” del otro en mi. El “otro”, salvo la divinidad, está excluido de la realidad intrínseca que nos forma. Nadie es “mi yo” sino “yo”, nadie es “mi” sino “mi mismo”. Y aunque quiera no puedo “entrar” ni “vivenciar” la realidad que el “otro” es. Por aproximación mediante el lenguaje, el afecto o nuestra “captación” de algo del “otro” que nos permite, por “similitud”, entender su “hacer”, vivir o sentir interior, pero sólo en la medida en que nuestra realidad intima ha vivido o sentido sensaciones, sentimientos o ideas, similares; nunca estoy “en” el “otro” siempre es desde afuera que puedo entender su transcurrir vital. Y hay más, es la “percepción” de que soy, existo en mi y sólo en mi, con una “absorción” de existencia que hace de mi “estar” y mi “existir” una determinación de “vivencia” donde “yo” soy y tengo la captación de mi existir como algo “mío” en el “ahora”. Sin poder “sentir” lo del otro y menos aun ser “yo” en su “yo”. Cuando “me siento a mi mismo existiendo” es como penetrar el misterio de la existencia: ¿por qué yo soy “yo”?. ¿Por qué no soy el otro?. ¿Por qué aquí y no antes o después?. ¿Por qué en estas circunstancias?. ¿Por qué “capto” mi ser en mi y mi realidad “dentro” de mi?. En fin una serie de preguntas sin respuesta porque la realidad que soy apareció sin pedirlo, sin pensarlo y sin saberlo. Simplemente me fue dada y aquí estoy. Ser entre los seres, realidad que tiene conciencia de si misma. Vida aparecida en el tiempo y en un espacio sin más opción que aceptar su vivir y agradecer que le haya sido otorgado, porque pudiera no haber sido y jamás haber tenido conciencia de ser.
La “yoicidad” es una especie de culmen de la materia; de una abigarrada formación de átomos, moléculas, aminoácidos, células, órganos, cuerpos, vegetales y animales, se llega a un conglomerado superior que no sólo, vive por si mismo, se reproduce, siente y tiene cierta autonomía, sino que “conoce que sabe”. Tiene conciencia de si mismo y realiza trasformaciones de las formas de la materia, de tal envergadura, que parecen formas diferentes y extrañas a las naturales; y puede vivir en situaciones de frío, calor, vacío y espacio exterior, gracias a “formas” elaboradas de la materia que le permiten no adaptarse al medio, sino llevar su propio medio consigo mismo y sobrevivir en situaciones imposibles para cualquier otro ser animal o vegetal.
Lo curioso de esta situación es la univocidad de su caso, es sólo una especie, entre tantas que hay, la que logra este paso de gigantes. Los chimpancés y los gorilas, es decir la mayoría de los primates, pese a tener su parte genética casi igual al hombre, no lograron despegar de la vida directamente relacionada con su medio. ¿Qué elemento hizo la diferencia?. El “elemento” diferente tiene que ser “algo” que eleve las imágines aun plano donde puedan ser procesadas sin recurrir al “ente” real original. Es decir el tratamiento que sufre la imagen, no es la “foto” que hacemos de ella, la cual no es igual a la realidad, sino que es una imagen “hecha” a partir de un o unos objetos reales y al impresión que estos causan en nuestra retina y la manera como “ella” es llevada al cerebro para ser guardada en una o varias sinapsis, donde quedará grabada para ser utilizada si es el caso.
La “imagen” adquirida tiene características específicas que la hacen, en los seres humanos al menos, “partible”, “penetrable”, y “cambiante” entre otras posibilidades como color, forma, distancia etc. Las imágenes pueden ser voluntarias o “automáticas”. Las puedo requerir o me vienen sin quererlo. De ellas saco partes o volúmenes, distancias o elementos, personas o cosas, a parte de la emocionalidad relacionada con cada imagen o parte de ella. Es resumen la complejidad del trabajo que la “mente” realiza sobre las imagines es comparable a un pequeño universo de cosas, sensaciones y emociones que es imposible seguir con la parte consciente de la “mente”. De este universo mental, surgen ideas, vivencias, “creaciones” donde la plenitud de nuestro hacer saca sus hipótesis, arte, ciencia, maldades y bienes. La riqueza esparcida en nuestro ser es de una capacidad enorme y tiene la fuerza del que ve más allá de lo aparente las realidades que forma el ser de un Universo creado antes que nosotros y del cual sólo formamos parte.
¿Cómo el pensar humano realizó este camino, desde la oscuridad del principio donde comer, dormir y procrear era lo más importante, hasta descubrir una realidad subyacente donde él estaba insertado y que lo depasa de manera casi infinita?.
Los “caminos” fueron tan numerosos como cada hombre que aportó su granito de arena para formar la montaña desde la cual contemplamos los nuevos horizontes de conocimientos a los cuales estamos ya acostumbrados.
Al principio fue el sobrevivir, luego una cierta estabilidad donde la parte de sobrevivencia física estaba cubierta y había tiempo para contemplar las “maravillas” de lo que les rodeaba. Y las preguntas, las sorpresas de la naturaleza en toda su fuerza, belleza y esplendor. ¿De dónde?, ¿Por qué?. ¿Para qué? y las respuestas: seres superiores al hombre que controlaban y permitían todo aquello, es decir: los mitos.
El mito es la primera reacción ante el asombro de lo creado. No se piensa, simplemente se “sueña”, se cuenta un cuento de dioses y diosas, de espíritus y seres mágicos que forman un areópago divino donde la realidad brilla por su ausencia. El hombre honra las fuerzas naturales con entidades, creadas a su imagen o por su imaginación, quienes determinan y dirigen las fuerzas y el destino del mundo, de los hombres y del universo. Luego se establece la “oficialidad” de esas divinidades se les rinde culto, con el fin de aplacarlas o invocarlas para que resulten favorables; y ciertos hombres se vuelven servidores del dios o de los dioses, con lo cual las castas sacerdotales se forman. Estas, tras un periodo de establecimiento, se convierten en el sustrato más fuerte de la sociedad y condicionan el comportamiento de esta a sus parámetros que muchas veces son estáticos e inamovibles. Algunos miembros de esas sociedades, seres pensantes, se dan cuenta de las falacias en que caen ciertas religiones o algunos miembros de ellas y someten a los postulados religiosos a un análisis racional desde un punto de vista filosófico. Dicho proceso lleva a plantearse de una manera más objetiva la pertenencia o no de la creencia religiosa a una realidad concreta fuera de la imaginación de los hombres; la cual esté dotada de los atributos que se le otorgan a los dioses o dios analizados. Normalmente las creencias mitológicas son fáciles de desenmascarar pues suelen adolecer de postulados firmes y reales, en sus planteamientos, contando sólo con la fe y buena voluntad del creyente. Pero cuando la duda, en cuanto a la verdad de una determinada religión, se plantea de manera racional, es decir filosófica, y la religión decae, la razón que la “destruyó” no puede sustituir a los elementos “transcendentes” que dicha religión tenía y pronto alguna otra forma más elaborada de creencia vendrá sustituir a la desaparecida. Esto se da debido a que la “crítica” a la religión, por los sistemas filosóficos, se hace desde la irracionalidad de ciertos elementos que una determinada forma religiosa tiene, pero la esencia de la religión consiste en la existencia de un o unos seres que hicieron lo que el hombre no ha hecho y al hombre mismo. Esta verdad no es posible sustituirla con ningún contenido racional, pues la contingencia del ser humano es patente, evidente y notoria.
Una etapa más elaborada de la interrelación entre el hombre y su “alteridad” (tomo esté término en el sentido de todo aquello, aun él mismo, que rodean, envuelve, hace, condiciona o tiene el ser humano), consiste en la ciencia.
La ciencia es el resultado de unos postulados objetivos donde la realidad y la mente se encuentran en una sintonía lo mas completa posible. Pero la ciencia se sustenta de hipótesis que si no se comprueban no son ciencia y las que son comprobadas tienen que serlo de manera que cualquiera pueda repetir el proceso de la misma forma y bajo las mismas circunstancias. Estás exigencias dan la pauta de una interacción de lo “cognoscible” con el “cognoscente” lo más rigurosa posible. No obstante la realidad conocida es relativa a la mente que la conoce y nunca es la totalidad de su “ser” (sustancia) lo que se puede “aprehender”. La regularidad de lo real hace posible la formulación de leyes que se cumplen matemáticamente, aunque no siempre, dada la recurrencia de unas leyes con otras, no en el plano real sino en la interpretación que nosotros hacemos de ellas. Por ejemplo, la ley de acción-reacción puede ser calculada como si estuviera en el vacío y ninguna otra ley interviniera en el plano físico cuando se cumple, pero la fuerza de los vientos, la resistencia de los suelos y otros factores, intervienen para modificar su comportamiento estrictamente matemático. El comportamiento de lo real no se reduce a la ley abstracta que el hombre interpreta, sino que cuando actúa y normalmente siempre están en actividad en una u otra parte del universo, lo hace en “coalición” con las otras fuerzas que actúan en el plano de lo real.
La ciencia es una superación de la racionalidad filosófica en el sentido de que está última se mueve más en el terreno de las hipótesis, dado su discurrir racional y no experimental, y la ciencia en la comprobación de ellas. Pero pese a lo que se pueda creer, si el científico no filosofa no hace conjeturas y por lo tanto tampoco hipótesis. Estas no son más que la recurrencia de una posibilidad dentro de la interpretación racional de lo que se conoce y esto es filosofía. La filosofía, bien fundada, presenta las posibilidades de algo en cuanto a su condición de ser: o sea si es o no posible tal o cual realidad. La ciencia dentro de esa realidad suscita hipótesis y las compraba experimentalmente hasta demostrar fehacientemente su realidad de ser. Pero la experimentación tiene sus límites porque es llevar lo real a la “captación” de nuestros sentidos, mediante maquinas, aparatos o cualquier otro medio válido y material.
Las limitaciones de la ciencia son varias y notorias, no puede experimentar con la totalidad de los elementos que cumplen una ley, es decir no puede corroborar que en todos y cada uno de los casos la ley se cumple. Tampoco puede determinar las diferentes condiciones en que una ley puede o no actuar. Es decir las condiciones que lo real posee son más numerosas y variadas de lo que la mente puede imaginar. La cantidad de factores que intervienen en la “marcha” de la realidad son tan variados y disímiles que no es posible preverlos todos y una ley es en realidad una generalización, en abstracto, de un comportamiento determinado, en el tiempo y el espacio, de un objeto o varios, en relación con un medio dado. Pero la limitación más importante está dada por la contingencia humana, en cuanto no puede sino calcular los efectos de algo en algo pero no someter la realidad a su mandato e interés. La realidad funciona “per se” no por nosotros y menos “para nosotros”. O sea, el hombre, sólo utiliza lo dado, no crea nuevas leyes. El hecho que descubra una relación (ley) no implica que nosotros la hayamos establecido sino que ya era y fue puesta a la luz de nuestros sentidos. Esto que parece obvio, se pasa muchas veces por alto y limita nuestra comprensión de lo real.
El otro problema es la cantidad de conocimiento establecido o encontrado por el hombre. Ningunas persona, hoy por hoy, puede conocer y menos dominar la totalidad de las leyes y conocimientos adquiridos, ni tan siquiera en una sola disciplina científica.
En fin, si añadimos a lo dicho toda la parafernalia de poder que la ciencia otorga a las personas y a los gobiernos; y la ambición e intereses en los cuales se ve involucrado el conocimiento científico, es de temer, no sólo el mal uso de los conocimientos que nos otorga, sino que queda salpicada de una red de superchería y trampas hasta ahora desconocidas, por regla general, en la disciplina científica.
La ciencia pura, no es pura en el sentido de inocente, está contaminada por el poder que nos revela y adolece de las fallas humanas porque está determinada por hombres. Su prima menor, la técnica, complementa y determina el quehacer de la ciencia y es, por el momento, la aproximación más completa a la realización de “seres” derivados de nuestros conocimientos científicos.
La Técnica es la posibilidad de “hacer” formas que no existen en las cosas “naturales”, mediante el trabajo manual, o empleando instrumentos “ad hoc” para lograr hacer un aparato útil y capaz de aliviar algunas de las dificultadas humanas en nuestro diario vivir. Aunque también tiene la vertiente de fabricar “utensilios” para la guerra que destruyen la vida y permiten a las ambiciones desatar su deseo de dominio.
La Técnica sirve para muchas cosas y todas tienen que ver con la parte material de la actividad del hombre. Es y tiene que serlo, ordenada, lógica y práctica sino no sirve y al perder competitividad las “formas” técnicas más logradas se imponen a las menos útiles. Tiene que ser a la vez lo más económica posible y en nuestra época, capaz de ser producida a bajo coste dentro de su franja de cosas similares.
La técnica tiene una función primordial dentro de la vida inmediata del hombre, es su “mano derecha” o la que determina lo que se puede o no hacer en términos materiales. Los elementos que emplea son casi todos los existentes y las leyes son las que la ciencia pone al descubierto. De aquí que el hacer del hombre se percibe con más intensidad en la técnica, ya que la agricultura que puede requerir poco desarrollo tecnológico, no es percibida con la importancia que tienen los artilugios técnicos; pero sin la agricultura, la ganadería y otras labores primordiales, la técnica no sería posible. Es importante destacar la atracción sicológica que los objetos, hechos por el hombre, tienen en nuestra valoración existencial. Son como el producto de aquello que no es dado por lo “natural” y que el ser humano hace empleando una cualidad inherente sólo a él: lo que llamamos inteligencia, convirtiéndole, por ello, en el ser más poderoso entre las especies creadas. Y esto, en cuanto a la apreciación del lugar que el hombre ocupa en el Universo, es de una importancia total. Para nosotros y los que nos precedieron y los que vendrán, el desarrollo técnico supone la diferencia entre vivir mejor o peor, dominar o ser dominado, tener menos enfermedades o morirse por la mínima cosa, ver y conocer lo que existe con mayor claridad o prontitud, etc. Es, en cierta forma, la cima donde nuestras ambiciones de dominio y de una vida mejor y “eterna” se ven más satisfechas. Cuando hablamos de las realizaciones del hombre nos llenamos de autosuficiencia y orgullo como si lo hecho fuera a durar para siempre, no tuviera límites y nosotros pudiéramos disfrutar de ellos sin que pasaran y pasáramos. La realidad que sustenta todo es primero y absolutamente necesaria para que lo demás sea. Y esa realidad ni la hemos hecho, ni la controlamos, ni tan siquiera podemos pensarla en su totalidad real. De aquí la incongruencia de la posición humana de negación de lo que no halaga su presunción de creer que es más de lo que es. Nuestra contingencia es tan notoria que sólo mediante un ejercicio absurdo del intelecto partiendo de premisas falsas, se puede llegar a pensar que dominaremos a la “naturaleza” o que podemos conformar nuestras sociedades a una forma estándar preestablecida, o que podemos ser eternos mediante la ciencia, o miles de otras estupideces semejantes, consecuencia de un necesitar el amor que no hemos tenido, o compensar oscuros conflictos existenciales, o peor aún, querer ser dioses en lugar de quien realmente lo Es.

El mal no es un ser, es sólo los actos y obras, contrarias a si mismo, que hacen algunos seres libres.


La secuencia de la historia humana es una lucha por el poder entre y sobre los hombres. Pareciera que fuésemos eternos y el tener tierras, cosas, placeres y prebendas fuese más importante que el sentido de lo pasajero del existir. Y sin embargo la historia está llena de nombres cuyo fin era dominar y siempre a costa de las vidas de los otros hombres a los cuales deberían haber gobernado con prudencia y sabiduría. Somos simiente de conflictos un lugar de actores de la paz. Pareciera que el poder que tenemos sobre lo natural nos dispensara de actuar conforme a las reglas de lo mejor y queremos imponer, dominar y explotar el potencial creativo y de placer que nos proporcionan otros seres humanos. Hay hombres que no se conforman sino con “todo para mí”. Otros se dicen a si mismos: “no hay nadie como yo”. Algunos presumen de: “vive el momento aprovechando todo porque al morir se acaba el mundo”. Y entre estas y otras muchas afirmaciones, la voluntad de poder se impone al débil, pelea con el fuerte y se deshace en lisonjas con aquel que puede más que él.
La incorrección de la conducta humana está determinad por la relación entre conocimiento y uso del mismo. Es decir el potencial de poder es tal que puede hacer daño utilizando fuerzas que son consecuencia de tener un “espíritu” superior; pero el uso que hace de estás fuerzas no está guiado por ese mismo “espíritu” de conocimiento, sino por los instintos básicos de origen animal que en dichos seres se regula de manera natural y no por ellos mismos. Esta desproporción es el resultado de lo que llamamos “mal” o en términos de la religión pecado.
El mal es una de esas fuerzas cuyo existir depende de seres que ya son y sólo puede ser si alguien lo hace. Cuando ese ser o seres desaparecen o se excluyen, el mal deja de existir y sólo permanece en ellos.
El mal es producto de una potencia espiritual que posee un grado de libertad suficiente como para ir en contra de las leyes que el espíritu y la “naturaleza” tienen. Ósea puede alterar el orden escalecido, fijado en lo natural y en el espíritu y hacer un orden inferior que causa desorden y daño a la creación. El orden superior sufre y se destruyen ciertos seres y cosas pero el mal no tiene fuerza suficiente para destruir o cambiarlo perennemente. El bien es la norma, lo bueno está siempre presente y es lo que permanece y permanecerá siempre. Aun más, el mal no es ni se aproxima al término “absoluto” pues quien lo hace es un ser “no absoluto” y aunque, por ser, es necesariamente bueno; el ser que es no puede: ni dejar de ser, ni cambiar su ser por otro. Sólo puede actuar conscientemente en contra de aquello que su propio ser quiere y esto refleja su nivel de libertad. Pero al actuar así crea, en si mismo y en el seno de los seres y las leyes un desorden que acarrea: la muerte, el dolor, la enfermedad, la negación de la verdad, etc. al tratar de destruir el orden establecido a escala absoluta y pretender que lo limitado se imponga a lo infinito. Esto es el “mal”.
¿Pero porque un ser querría ir en contra de si mismo?. Esta es un misterio del amor frustrado y tiene una vertiente mística difícil de esclarecer para seres tan limitados como nosotros. Pero quien se haya enamorado profundamente y no haya sido aceptado puede decir lo cerca que está el amor del odio y viceversa y cuanta maldad se puede generar en contra del ser que se amó al no poder obtener lo que se buscaba en él.
En realidad el mal es algo que existe en cada ser que no vive totalmente en la divinidad o con la divinidad. Es decir Dios está en todo manteniendo todo en el ser. Si Dios dejara de mantener algo en el ser, eso desaparecería, volvería a la nada. Esto que aparentemente no se percibe, es tan real como la existencia misma de las cosas.
Una de las leyes físicas ineludibles es: cada fenómeno o cosa tiene su causa. En realidad esto que es tan lógico no se puede probar en la totalidad de lo real. Pero si se ha constatado que cuando algo ocurre se debe a una serie de factores anteriores que la motivaron. Generalizando si una parte inmensa de las cosas son porque otras le precedieron, “podemos” universalizar el principio y concluir que nada puede ser sin algo anterior. Pero en sana lógica, si esto es así, algo tiene que ser sin tener principio o algo anterior que lo determine o forme, pues de otra manera se llegaría a un infinito donde la petición de principio sería la exigencia y esto no es posible. La materia existe en un espacio “nada” el espacio no es lugar es “nada”, lo que es son las partículas y la materia que estás forman, sin ellas sería la “nada”. Pero para que en la “nada” haya “algo” es necesario que venga de algún lugar y de algún ser. De algún lugar porque al darse se forman el tiempo y el espacio. Y de algún ser por que la materia es y forma seres incluso racionales. La teoría del “big bang” predice esté fenómeno. Y suponer que esto vino de “nada” es tan absurdo como pretender que no somos sino imaginación y que no existimos aunque sea por unos instantes. La realidad concreta de nuestro ser material es transitoria pero la realidad de la materia es perenne: Lavoisier lo expresa así: “nada se crea y nada se destruye todo se modifica”. En términos recientes la energía que no sabemos lo que es, está en todas las cosas como una esencia material ineludible. Negar se puede negar todo, de ahí nuestra libertad intelectual, pero la negación de la mente no deshace la realidad de la materia, esta sigue siendo neguémosla o no. Como seres contingentes sólo modificamos formas no creamos Ser. Quisiéramos creer que lo pensado es realidad, pero el pensamiento es ser de si mismo no es el ser de la realidad. Las cosas, entre ellas nosotros mismos,
son ser sin que nuestra voluntad tenga nada que ver en ello. Lo que si hacemos son formas diferentes con los seres y materia existente y aquí si interviene nuestra voluntad y nuestra inteligencia. Sin embargo son ellas, como formas, independientes de su “creador”. La posición intelectual correcta está determinada por la idea, tomada de lo real material, de nuestra contingencia- Es decir somos en un mundo de seres materiales el culmen donde lo material se una a lo “inmaterial”. Donde la materia es asumida por un “elemento de energía pura” que no se disgrega ni se deshace cuando lo material se desintegra. Lo inmaterial asume a lo material en una simbiosis de fuerzas armónicas donde lo inmaterial informa a lo material y eleva a la materia al nivel de ella. Así los mundos del espíritu y la materia, o sea la energía material y espiritual, se tocan e interaccionan, tal como debe ser en una realidad donde ambos mundos coexisten en delicado equilibrio.
Es evidente que lo material existe, pero no es evidente que lo inmaterial exista también. Y sin embargo la necesidad de lo inmaterial es tan patente que no se pueden concebir las formas, estructuras, leyes y posibilidades de lo material sin la dirección o “pensamiento e inteligencia” que planifica, imagina, piensa y permite desarrollar la inmensa y múltiple belleza de los seres y las cosas.
Para entenderlo de otra manera debemos pensar que las cosas, todas las cosas materiales, incluido nuestro cuerpo, son conglomerados de energía. Y no son otra cosa que el orden magnifico y posible de unas fuerzas que actúan de manera ordenada y perenne en la materia misma, formando parte inmanente de ella. Pero así como el hombre no puede hacer variar las formas de las cosas sino en función de unas ciertas leyes que los elementos tienen y la inteligencia del hombre modula. Así mismo las leyes, estructuras y formas de lo que llamamos “naturaleza” no se pueden concebir sin una inteligencia, una imaginación y una vida donde la grandeza depasa todo lo que podemos pensar. Y no caigamos en la tentación de decir: si no lo compruebo no lo creo, pues lo que nosotros creamos o pensemos no hace la realidad ni produce un solo ser fuera de las formas de seres que podemos añadir a lo real, usando, para ello, la misma materia y sus fuerzas inmanentes. Si tenemos claro que lo material existe con nosotros, sin nosotros, antes que nosotros o pese a nosotros. Será muy claro darse cuenta de que lo que existe es porque Alguien lo puso en la existencia pese a la nada que rodea la materia. De otra manera nada sería en la nada.
Es fácil negar e inducir a la mente a no tomar en cuenta lo que no nos interesa ver o saber, pero la realidad que es terca porque es ser y no estructura humana de pensamiento; permanece ahí inmutable en el ser y el tiempo desafiando nuestro no querer aceptar la inconmensurable realidad donde estamos inmersos y de la cual somos una ínfima parte.
La historia del pensamiento humano nos ha llevado por caminos de ideas, las cuales por nuestra posibilidad de acceso al “infinito” nos hace confundir el fin con la realidad creada. Podemos llegar al Ser de seres y sumergirnos en parte de su realidad y ser. Lo han logrado ciertos seres humanos que puede decirse que han conocido y vivido, aunque sea por instantes, en la VERDAD. Pero el hecho de que el Hacedor de todas las cosas, sea una dimensión donde se identifican la idea con el ser, no quiere decir que a la luz de nuestros pensamientos las cosas y nuestras ideas sean lo mismo. Las ideas humanas forman parte de un proceso de acumulación donde la imagen de las cosas se trasforma en una “idea” general adecuada para “conocer” pero no apta para decir que la realidad y nuestras ideas son lo mismo. Nuestras ideas son sombras de la realidad, todo lo contrario de la tesis platónica. Que a mi entender plantea la idea como idea en la mente Divina no la idea de la mente humana. Y ciertamente, entre las dos, hay una diferencia infinita. De esta no diferenciación de las ideas concluyen muchos pensadores que las “ideas” humanas tienen carácter absoluto, lo cual sólo es posibles en un ser que sea “per se” absoluto. De está falsa identificación a acariciar el deseo de ser dioses y atribuirnos dimensiones de poder no válidas, a raíz de lo que verdaderamente somos, hay un pequeño paso donde la mentira lanza sus insidiosas redes.
La historia del pensamiento tiene mucho de negación de la realidad del Ser de Seres y esa premisa no es válida. El pensamiento humano no puede inventarse premisas que satisfagan la parte de “egolatría” que llevamos a cuestas. La realidad “Es” y nuestros pensamientos ideas e intuiciones son sólo aproximación a la verdad. Cambiar lo infinito por lo finito no es posible en un sano ejercicio del pensar humano y; claro que lo podemos hacer, es una premisa que demuestra nuestra libertad, pero las consecuencias son funestas: muerte, destrucción, inhumanidad, retroceso de la civilización, etc. etc.
No somos Dios, sólo criaturas pensadas, permitidas y hechas por El. No creamos el universo, las cosas, los seres y el mundo: sólo lo habitamos y usamos, muchas veces mal. Las ideas modernas de la “muerte” del Ser Infinito, son cuando menos entupidas y propias de seres que niegan las realidad por negarla o porque no les conviene aceptar la responsabilidad que conlleva haber nacido. Ser seres pensantes en una dimensión que nos depasa en ser, tanto en calidad como en cantidad de ser. Se emplean excusas de todo tipo y la mayoría sin más fundamento que la pasión por negar lo que no se quiere aceptar como evidente. De todas formas, se niegue o se acepte, la realidad está ahí y tarde o temprano tendremos que enfrentar su ser su estar y su existir. Es inútil negar con el pensamiento, lo repito y lo repetiré siempre, nuestro pensamiento no hace la realidad sólo la utiliza.
“Memento homini quia pulvis eris et in pulvis reverteris”. La necesidad de morir es tan patente como el deseo de vivir. Nadie escapa al enfrentamiento con el pasar; pero pasar sin trascendencia es tan absurdo como vivir sin creer en Dios. Conociendo y habiendo hecho lo que los hombres han hecho; que todo mi ser termine en la nada es un desperdicio de existencia. ¿Cómo, con tanta vivencia sentida, con tal cúmulo de ideas infinitas pensadas, con tanta riqueza de emociones y sentimientos habidos, con el cúmulo de riqueza espiritual conceptualizada, cómo puedo desaparecer?, ¿caer en la Nada?. ¡Absurdo!. ¡Imposible!. El ser no es dado por casualidad, y nuestra dimensión es muy grande, como demuestran nuestras obras y que ningún otro animal ha realizado. La dimensión de vida corresponde a la dimensión del ser que se posea. Poseyendo dimensiones infinitas nuestro ser no puede ser finito.
Pero la negación en el hombre moderno de su trascendencia es casi visceral. No quiere depender de nadie y depende de todo. Se quiere sentir libre y se esclaviza en sus vicios. Desea hacer su capricho y al final se queda sólo. Y lo peor es que tiene unos pocos años para vivir, si es que vive. Y después ¿la nada? o ¿la contemplación del Ser que lo hizo?. Yo elijo mi camino pero no todos tienen el mismo fin, ni llevan al mismo lugar, ni realizan de la misma manera nuestro ser. Cada uno elige.
El ser humano es una parte del todo y una pequeña parte, el hecho que pueda dominar, mediante su inteligencia y trabajo, ciertas posibilidades de la naturaleza, no lo convierte en hacedor del universo y esto se olvida o se quita del pensamiento cuando se enfrenta a lo real.