ADVERTENCIA


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Normalmente cuando se introduce en el blog un capítulo nuevo, se pone y deja en primera línea durante unos días, luego se sitúa en el lugar que le corresponde de acuerdo a su numeración.


Para quienes buscan: El desarrollo del pueblo de Dios (Israel). Está en el blog Pateremon 4, entrada 17.


INTRODUCCIÓN



EL libro: "CONOCER Y SER" (002.00) fue comenzado a escribir el día 18 de Marzo de 2008. Es una especie de resumen de todas las experiencias filosóficas con las cuales he tenido contacto, tanto en los estudios formales como en las “meditaciones” que las enseñanzas de la vida y la naturaleza me permitieron “seguir”. Ha sido un largo camino, donde no han estado ausentes: las alegrías, el sufrimiento, la contemplación de realidades y hechos hostiles, así como la caridad y el amor de muchos seres que cruzaron por mis senderos y pisaron los caminos por donde iba. Se juntaron muchas cosas: pensamientos, palabras, rebeliones, cantos, lágrimas y algunos “amores” para poder distinguir los trazos de aquello que puede llamarse “filosofar” o formas de interpretar el conocer de mí mismo y de lo que me rodea. Pero, al fin, la síntesis se dio y he aquí, aquello que puedo recordar.


El libro: "SOBRE LA VERDAD" (003.00) empezó a ser escrito el día 22 de Agosto de 2014, en Salvaterra de miño, donde resido desde el 26 de noviembre de 2013.

Es una profundización sobre la verdad que se sustenta en en la Question 16 de la primera parte de la "Suma Teológica" de Sto Tomás de Aquino que tiene por título esa misma expresión: "Sobre la Verdad". La cual se divide en los siguientes artículos:

Questión 16 "Sobre la verdad"




002.43 EL CONOCIMIENTO DE FE 3




Dios se revela al hombre de muchas maneras, indirecta y directamente. Siempre está interviniendo en nuestras vidas, aunque no sea más que manteniendo la naturaleza dentro de los parámetros del ser y sus leyes. Pero su intervención directa documentada en un libro como es "la Biblia", va más allá de la referencia a lo real físico y conlleva la petición de respuesta libre, individual y colectiva, de los seres a los cuales se dirige. El comienzo humano de la revelación de Dios a los hombres, como un pueblo escogido, está en un hombre de una ciudad en la antigua Caldea, lo que hoy es Irak, llamada Ur: su nombre era y es Abraham. El será y es el padre de muchos pueblos y como tal lo reconocen, hoy en día, los judíos, los musulmanes y los cristianos. El Ser de seres lo “llama” se comunica con él y le dice que salga de Ur y se dirija hacia una tierra en el oeste llamada Canaan. Así lo narra el Libro. Pero, ¿cuál es la diferencia entre Abraham y cualquier otro nómada que en aquellos tiempos, hablamos de 1700 años antes de nuestra era, recorrían caminos y sendas buscando pastos para sus ganados? ¿Cuál es su novedad? La novedad aportada por Abraham es la de un Dios único que se comunica personalmente y le hace una promesa: darle una tierra y ser fundador de muchos pueblos. El se mueve por obediencia a la voz de Dios, no por los beneficios de tierras y pastos que pueda encontrar; hay un testimonio de fe en ese Dios desconocido que se comunica con él. Abraham se mueve por una razón especial: cree en quien le hizo la promesa. Si esa promesa se cumple Dios es Dios, pero si no se hubiera cumplido, no sería más que uno de los muchos soñadores que entonces y siempre, a través de los tiempos, han tratado de embaucar a los seres humanos para que secunden sus sueños y amplifiquen sus locuras. Pero Dios le pide pruebas de su fe: no teniendo hijos le promete uno varón y siendo su mujer anciana, le comunica que dará a luz; Abraham lo cree y espera y, cuando el hijo viene de manera incomprensible para la razón humana; Él, Dios, le pide que se lo sacrifique y se calla. Abraham emprende la marcha hacia el lugar del sacrificio y cuando está apunto de realizarlo una mano y una voz de ángel, lo detienen. La fe ha sido probada, el hombre ha creído y su fe se ha fortalecido, está listo para ser depositario de la promesa; la criatura libremente confía en el Creador; el Creador le otorga su confianza y el camino trascurre; un camino lleno de luz y de sombras, donde la conjunción del hombre y el Creador se juntan y se separan de acuerdo a la voluntad de la criatura, nunca del Creador. No hay nada científico, ni tan siquiera de nivel racional, hay fe y confianza aquello que hace las grandes obras y que la mayoría de los seres humanos rechazamos como cosas no seguras. La fe en el Dios de la verdad no tiene asideros en la racionalización humana sino en la fe, en la creencia y confianza que sólo la verdadera Divinidad puede otorgar. Por eso la fe es un don de Él, sólo Él lo puede dar, si Él no fuera, nada de esto tendría sentido. Pero la fe puede ser razonada en sus procesos cuando lo prometido se cumple; porque la fe, es fe en algo que todavía no es pero será, en algo que es, pero que no vemos ni sentimos, en algo que existe sin nosotros, por nosotros o a pesar de nosotros. Algo que Es “per se”; donde nuestra razón, discurre sobre lo que se realiza no sobre lo quisiéramos que fuera. La fe, eso sí, es razón de confianza en la potencia del Ser que nos pensó y creó; y como obra de su Ser, nos quiere a cada uno en la intimidad, pequeñez y grandeza de lo que somos. Dios es un Ser de Amor. Dios es un ser de Paz. Dios es un ser de Libertad. Dios es SER. Nosotros somos a su imagen, pero la imagen está dañada y no responde a lo que Él sabe que nos conviene. No, no podemos hacer lo real, sólo formas, sólo accidentes de ser, sólo limitación en la totalidad donde existes, sólo cosas que pasan y desaparecen, sólo finitud. La otra gran prueba de fe, ha habido muchas pero esta es totalmente especial, ha sido anunciada reiteradamente en el Libro de muchas formas y maneras, esta es la de una muchachita de unos quince años que un una casi desconocida ciudad llamada Nazaret, se enfrenta a otra singularidad, para ella increíble y terrifiante: el ángel le dice que será madre de un niño, pero ella le pregunta como puede ser eso si no conoce varón; la respuesta misteriosa: “Concebirás por obra del Espíritu Santo, por eso el que nacerá de ti será llamado hijo de Dios”. Ella no se cuestiona, ni cuestiona más, simplemente responde: "he aquí la servidora del Señor hágase en mí según tu palabra". “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (San Juan). Así describe el libro el misterio de un Dios infinito que toma nuestra finitud para resolver el problema de nuestra absorción en lo que no es Ser, en los accidentes de ser. Esto es revelación y testimonio dado por generaciones y generaciones de hombres y mujeres que fueron testigos presenciales, o lo oyeron de aquellos que lo vivieron en su ser. Como actos de fe no entran en el conocimiento científico, son “singularidades” que se creen por los resultados posteriores. La razón principal para creer está en lo que sucede después de haberse anunciado lo que iba a suceder; si lo que sucede corresponde a lo dicho, hay validez en quien lo dijo, sino, no la hay. Por los resultados se conocerá la verdad y lo que no lo es. La prueba racional de la fe es la concretación en la realidad de aquello que se hace o se pretenden que otros creen; sin ello la fe es falsa. En este camino de búsqueda de las “razones” de la fe, es necesario tener en cuenta que quien anuncia el hecho a suceder, o los hechos reales que forman lo no conocido por nosotros, es El Ser que conoce Todo; Él sabe aquello que nosotros ignoramos. Salvadas las diferencias, entre nosotros, un científico como Einstein, conocía realidades que nosotros ni podemos imaginar y su comprobación fue dada por los resultados que se obtuvieron al probar sus teorías. El conocimiento verdadero es una manera de decir que es realidad y que no es realidad; que ser existe y que seres son inventos de nuestra sinrazón o de nuestros deseos. Lo primero es verdadero, lo segundo es falso porque no tiene más razón de ser que nuestra fantasía de que sea. Lo verdadero sucede y es, lo falso ni sucede y no tiene más ser que en nuestra dimensión personal y en aquellos que quieren creerlo, lo cual es muy poco, limitado y limitante. Lo verdadero sólo puede proceder de un Ser que tenga potencia de ser absoluta, sino su existencia será limitada a la potencia de ser de quien lo pensó. Y como sólo hay un Ser absoluto la verdad en plenitud sólo la posee ese Ser. Pero ¿para que algo sea válido es necesario saber toda su verdad? La validez es conocimiento de la verdad limitada de algo; esto quiere decir que se conoce una cosa pero no todo lo que esa cosa tiene como ser de si misma: partes, no el todo. Lo válido asume algo de la realidad de ser de un ente, pero no puede, ni sabe, la totalidad de aquello que ese ente es. Es verdad parcial pero no relativa. Por eso podemos modificar la forma de un ser pero nunca su substancia, si la tiene. Por ejemplo, un diamante pude variarse su forma pero no cambiar su estructura cristalina; si esto se hiciera dejaría de ser diamante y se convertiría en otra cosa. Una piedra, compuesta por diferentes materiales, se puede descomponer y cada material sería una nueva “piedra”. En fin, en el conocimiento de fe, nuestra propiedad de conocer tropieza con realidades cuya esencia depasa de manera infinita la nuestra; y reducirla a la posibilidad de conocimiento que nosotros tenemos resulta imposible; por lo tanto sólo queda confiar y esperar mediante los resultados que lo prometido o dicho por el Ser, con mayor realidad de conocimientos, se cumpla y así confirmar su realidad en el ser de nuestro estar aquí. Esto “choca” con nuestra pretensión de seres absolutos; pero como en realidad no lo somos, nos queda el ejercicio de la humildad-verdad: todo lo que es, es demasiado para ser conocido por mí o por nosotros, la verdad es la aceptación de nuestra limitación, pero a la vez de la “visión” de nuestras posibilidades reales dentro del ser que somos. La fe es la confianza en un Ser que sí es Absoluto y conoce Todo, porque Él lo hizo. Un Ser que se conoce perfectamente a Sí Mismo y es capaz de crear lo que desea. No aceptar esta premisa conlleva el desastre de querer ser lo que no podemos ser y atribuirnos poder y cualidades que no poseemos “per se”, ni podemos adquirir aún que queramos. La contingencia humana es un límite, pero también es puerta para comprobar nuestra posibilidad de ser y la inmensa capacidad que tenemos de hacer formas, dentro de nuestros parámetros. Pues nuestra limitación tiene tales dimensiones que su campo de acción queda aún demasiado lejos para poderlo medir; si pensamos lo posible es ya demasiado, ¿por qué preocuparse por lo imposible? Lo posible no tiene límite dentro de nuestra visión de la realidad hoy; desarrollando lo posible basta para nuestro esfuerzo y ambición. Querer ser más potencia de ser de lo que somos, conlleva: muertes, destrucción y esclavitud. El racionalismo filosófico, partiendo de Descartes, al centrar su “visión” sobre la potencia de la razón humana, (el Cógito no es más que la búsqueda de aquello que parece absoluto, seguro, firme y sin duda), hace de nuestra potencia de ser un todo que no lo es. De aquí parte la búsqueda de lo absoluto en lo humano y la desviación filosófica que llega hasta nuestros días. La fe es el otro camino hacia la esfera no humana pero real del ser y la fuente donde se puede percibir la dimensión de una totalidad que no somos nosotros; justificación del universo visible y percepción de realidades no captables por nuestros sentidos. Sin la fe los mundillos de los hombres arrasan con la inteligencia recta del conocimiento de las cosas; hacen del estar y pasar aquí el todo del ser o al menos lo que importa y dejan de lado todo lo demás a lo cual debemos el existir y el continuar.La fe es premisa de conocimiento, imperfecto, a nuestro nivel, de la Realidad que hizo Todo, sin ella no es posible tener una visión completa de lo real; sin ella se llega a un callejón sin salida, donde el hombre se siente arrinconado contra el muro de sus “ecuaciones vitales” y, si no quiere mirar hacia la luz que está en dirección opuesta al muro, perece en su intento de superar la pared inmensa donde está voluntariamente encerrado. Darse la vuelta es la solución, volver a la calle principal es lo correcto; no es el camino perfecto, pero al menos tiene salidas. El conocimiento de fe es definición, a nuestro nivel, de realidades transcendentes ocultas por la limitación de nuestra posibilidad de ser y conocer. Pero sin ella nuestro conocer es limitativo y dimensionado a nuestra realidad sensible. El verdadero sustrato de la fe es la contingencia humana, pues si conociéramos todo conoceríamos también a Dios. La realidad no es nuestra sólo la estudiamos. Es y, creer en ello, es Fe.Si no nos engañamos a nosotros mismos, es necesario admitir la dimensión vital donde estamos y somos; el aire, la lluvia, el sol, la tierra en moviendo y un inmenso etc. permite que sigamos viviendo y haciendo mundillos al gusto de nuestros intereses la mayoría de las veces mezquinos; pero nada de esos elementos controlamos o hemos hecho, son con nosotros, sin nosotros o pese a nosotros.El conocimiento de fe no pretende tener el principio de objetividad tal como la ciencia lo interpreta; pero si tiene la dimensión de comprobación de la experiencia individual que buscando la verdad de lo trascendente y la haya en la medida de su constancia, honestidad y verdad con la cual la busca. Muchos llegan, llegaron y llegarán a Dios a través de la renuncia a sus pretensiones de ser, a sus “pecados”; es decir: a no considerar como válidas las premisas de “no ser” dictados por la corrientes de pensamiento “mundanas”; las pretensiones de absoluto de quienes no conoce, ni aceptan la contingencia y dependencia de ser humano de las condiciones físicas y espirituales de lo que es superior a ellos. El hombre, sobre todo después de Descartes, se erigió en dios absoluto y convocó toda una caterva de raciocinios para justificar su pretensión de ser lo que no es, ni puede ser. Al pretender esto hizo una serie de mundillos, cada cual a su manera, donde el centro era su idiosincrasia y los demás, pueblos u hombres, estaban por debajo o por encima pero nunca eran iguales. La dimensión de la Verdad en Dios y de Dios, no era considerada válida; el ser humano podía resolver sus problemas y encontrar, en el conocimiento de las cosas, la verdad y fuerza para desafiar a la naturaleza y, la creación sería dominada por él. ¡Qué fácil decirlo! ¡Qué imposible hacerlo! ¡Como nos atrae la idea de dominio absoluto de todo y la potencia imaginaria de nuestro hacer y ser! La tentación de la soberbia inunda el mundo de quien no acepta su dimensión real de ser. La fe muestra nuestra dimensión y más la fe revelada en y por la persona de Jesús-Cristo: “Yo soy la luz del mundo”. “El que crea en mí tendrá vida eterna”, “Yo soy la vid Uds. los sarmientos si no permanecen unidos a mí no darán fruto” “Antes de que Abraham fuera: Yo soy”, “El Padre y Yo somos una misma cosa” “Todo fue creado por Él y nada de lo que se ha hecho fue sin Él”. Estos son algunos de los testimonios de la fe. Pero ¿cómo saber? En el discurrir humano, si son  lo que Jesucristo expresó no tiene más vertientes que ser verdadero o falso; si mintió todo lo que Él pretendía y dijo no se realizará, si dijo la verdad todo será como Él lo dijo, no como nosotros lo interpretamos, sino con la dimensión y forma que Él lo quiso decir. Si Él es lo que dijo ser: hijo de Dios y Dios igual al Padre, entonces es Absoluto, Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente, es quien Es y siempre fue y Él si puede y sabe de todo y de todos. El es Emmanuel, Dios con nosotros. Aquí la revelación tiene toda su causa, creamos o no; si, Él es quien dijo ser, nada ni nadie podrá cambiar los resultados y todo se realizará como fue dicho; si Él mintió, nada se dará en la realidad. Las pruebas “a priori” fueron la entrega de si mismo hasta la muerte por mantener la Verdad de lo que afirmó. Y las pruebas de su Poder están dadas por lo que Él hizo: resucitar muertos, multiplicar panes y peces, curar ciegos de nacimiento y todas las enfermedades imaginables y permitir entender la nueva dimensión de realidad que Él traía a la humanidad. Las dudas, siempre humanas, están centradas en los testigos que afirmaron y escribieron todas estas cosas. ¿Y si todo lo escribieron por conveniencia de poder hacer su religión y así tener poder y fama? El cristianismo sufrió desde el primer momento: persecución, muerte, negación y violencia; durante unos cuatrocientos años, creció y se aclaró en una continua lucha contra el mal y la no aceptación de las sociedades donde se expandía. Durante cuatro siglos, fueron masacrados y humillados, de diferentes maneras, miles de cristianos en una campaña de fuerza y fuego contra la buena nueva que decía la verdad al hombre. Por muchos años se les hizo ver como monstruos y enemigos de las sociedades donde se establecían; pero el cristianismo prosperó con la sangre de los mártires como semilla de redención y gracia. ¿Qué poder obtuvieron de esos ataques y que conveniencia humana los motivaba? Nada de lo deseable en términos sociales y terrenos conseguían y ¿Sin embargo continuaron creyendo y creciendo en la esperanza de las promesas hechas por unos “mentirosos”. Al final de esos cuatro siglos el cristianismo se impuso o se le aceptó socialmente; no triunfó, pues el triunfo del cristianismo será cuando todos y cada uno de los que creen sincera y persistentemente, sean confirmados en su creencia y se les muestre y vivan la verdad de lo predicado. Mientras no se confirme, se “vea” y se viva lo dicho, la duda y la mentira subsistirán y cada uno elijará libremente el camino a seguir. Pero los que dijeron y hablaron de estas verdades dieron su vida por ellas y fueron, en la vida y en la muerte, fieles a lo que habían predicado y escrito. La prueba de la fe es su fidelidad a lo que decían, hasta dar su vida por ello; y no por fanatismo, ni buscando grandeza humana, eran creyentes y conscientes de la realidad de lo que predicaban y creían por que habían visto y tocado la Verdad. Después, vinieron otros “testigos”, en gran número, quienes no habían visto ni oído, pero su fe los llevaba a una dimensión que para la mayoría de los seres humanos es “viento”, palabras sin realidad de ser real. Hasta nuestros días los “testigos”, se cuentan por millones, pero sólo unos pocos sobresalen y encuentran el camino de la “visión” de la realidad predicada. En el siglo XX hay “testigos” de una fuerza enorme: el Padre Pío de Pietralcina, la madre Teresa de Calcuta, María Faustina Kowalska, Maximiliano María Kolbe y un largo etc. 1006 canonizados o beatificados por "la Iglesia" la Iglesia católica y miles más, católicos o no, que llevaron una vida basada en los principios de amor, bondad, paz y sacrificio, propio de las almas que creen en la otra dimensión y siguen sus dictados. Ninguno de estos hombres defraudó, mintió o fue un falsario buscando su propio interés; al contrario se sacrificaron por los demás y fueron fieles a su trayectoria aún ante la misma muerte. En ellos no hay rastros de fanatismo, intolerancia o intencionalidad de imponer por la fuerza su creencia; eran libres y “hacían” libres a quienes les seguían; creían en las palabras del “Hijo del hombre: “Amaos los unos a los otros”. “La verdad les hará libres”. “Quien quiera, en efecto, salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16-25,26). Esta es la verdad cristiana, no toda, pero si verdad; los hombres y mujeres que creyeron y vivieron, hasta sus últimas consecuencias, esta verdad, nos muestran el camino hacia la verdadera dimensión del hombre que no está en ninguna de las teorías o pensamientos humanos, sino en las “palabras” que Dios dirige a los hombres. No todas las religiones son iguales, todas buscan, pero no todas encuentran, la realidad del Ser es demasiado grande para nuestro entendimiento; sólo la potencia del Ser de Seres hace, al “hablar” al hombre, cauce de verdad en nuestro espíritu. Pero la verdad se nos escapa en el diario correr de los instantes y, aunque la vivamos y conozcamos, es sutil y se espanta fuera de nuestros entendimiento, cuando la “herimos” con nuestras dudas y debilidad: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil”, (Jesús de Nazaret). El conocimiento de fe, en su vertiente religiosa, tiene (como ya se ha dicho antes) dos dimensiones bien definidas: cuando el hombre busca a la divinidad y cuando está “habla” y se revela al hombre. La búsqueda de la divinidad por el hombre, se pierde en la noche de los tiempos humanos. Se han hecho dioses de todo tipo: interpretaciones de la divinidad, basadas en las fuerzas naturales; en las potencialidades humanas engrandecidas; en el pensamiento filosófico y en la potencia mística del espíritu humano que tropieza con el problema del bien y el mal que existe, también, en ese mundo extraño a la materia creada. En este pródigo y enorme “almacén” de la búsqueda de lo divino, hay religiones espiritualistas, naturalista, panteísta, de misterios, de espiritismos, religiones laicas, materialistas, y un largo etc. difícil de entender y enumerar. Pero lo divino, mejor dicho, permanece, inalterable e inalterada, siendo Realidad de la realidad y Ser del ser y los seres. Que nuestra potencia de ser, lastimada por la “caída original”, no suela llegar a la “visión” y “vivencia” de su dimensión, ni la quita ni la cambia, sólo nuestro “capacidad de entenderlo” sufre las consecuencias. La otra dimensión, donde Dios habla al hombre, es un asunto de fe y como se dijo, sólo si la fe se cumple es válida. Pero la dimensión preferente de la fe es la personal; la fe tiene su culmen en cada persona que la acepta; no está en el aire de las ideas sino “encarnada” en cada ser humano que acepta una determinada creencia como aquello que es la “verdad”; la internalización en el espíritu de cada persona es lo que da o quita fuerza a la fe. Las “ideas” de las “fes” son tantas como religiones o creencias hay en los hombres, distinguiéndose por la realidad de ser que ellas “invocan” y sobre todo por la concretización, en términos de realidad de ser, de sus creencias. La verdadera fe es tan grande como la dimensión que Dios tiene; pero la limitación de ser de los humanos, no puede abarcar ni imaginar toda la dimensión que el Ser de seres posee, luego las verdades de fe son adquiridas y adheridas de acuerdo a la capacidad de cada uno y han sido “dadas” teniendo en cuenta nuestra dimensión de ser. ¿Cuál es la verdadera fe? Aquella donde las realidades que enuncia se cumplen todas sin que ninguna deje de cumplirse. Este es el requerimiento de una fe verdadera, aunque algunas “fes” enuncian “verdades”, el tiempo, donde se realizan sus promesas, tiene la última palabra para determinar la verdad, en términos humanos, de la realidad de una fe. Jesús-Cristo lo enuncia cuando dijo: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán” (Lc 21-33), (Mateo 24-35), (Marcos 13-31); “ni una “I” o tilde de la ley pasará hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5-18). ¿Se han cumplido las promesas del cristianismo? y ¿Se han cumplido las promesas de las otras religiones? Para responder a esto sería necesaria toda una revisión e historia de las diferentes religiones que, al menos, han tenido más influencia en la historia humana; pero tal trabajo no entra en el presente escrito. La respuesta más concisa es la permanencia entre los hombres de la religión que acumula más años desde su fundación: el judaísmo o religión de los hebreos: empezó su “marcha” con Abraham unos 1700 años antes de la era cristiana (no hay un consenso definitivo) y todavía perdura viva y actuante. El cristianismo, es la promesa cumplida del Mesías que la religión hebraica anunciara y que el judaísmo no aceptó ni acepta como tal. Ninguna religión, de las miles que hubo, ha permanecido actuante y con tal fuerza durante tantos siglos.

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